La muerte que da vida

Conocí a Mari en la biblioteca de la Fundación en la que trabajamos. Ahí, desde hace cinco años es responsable de los proyectos de catalogación y clasificación del material de lenguas indígenas y otros temas que caracterizan su chamba. Quienes visiten la biblioteca la pueden reconocer por los tatuajes que como marcas de guerra cubren sus brazos, y el pelo cano que le dan más onda a la chica de lentes que siempre viste de negro, piercing en el labio superior derecho y botas que van y vienen por los pasillos.

Hace unos meses Mari y yo coincidimos en un taller de catalogación de documentos al que llegué un poco a la fuerza. Después de varias sesiones en las que logré mantenerme despierto, empezamos a frecuentarnos en la calle y más adelante en algunas de las tocadas de metal que la banda oaxaqueña ha organizado, en últimas fechas, en el Club de Leones, y a las cuales empecé a ir por A, la metalera de mi vida.

Una de las últimas veces que coincidimos fue cuando Pactum, Maligno y otras bandas locales y nacionales fueron convocados por los organizadores del Poder Mortal Metal Fest 2. Al final de la presentación, y después de comentar los pormenores del chow, Mari me invito al concierto que Gilgamesh, su banda, daría el 28 de julio en el Garibaldi con motivo del sexto aniversario del cineclub El Ateneo, proyecto que desde hace un par de años tiene como sala de proyecciones esta cantina del centro de Oaxaca.

Gilgamesh 1

Un día después de la tocada busqué en feis la cuenta de Gilgamesh (https://www.facebook.com/Gilgamesh-741248259294337/), y efectivamente, ahí hay fotos de María Luisa Bocanegra, la Mari, mateando con su guitarra y acompañada por las hermanas Mavir, Adriana y Alejandra, en escenarios de su natal CDMX, sin libros ni programas de catalogación de documentos, ni nada, más bien mucho metal. Las fotos son recientes, pero hay una colección con imágenes más antiguas donde descubrí a las tres con unos cuantos años menos, así confirmé lo que A me había dicho antes:  Gilgamesh, la primera banda de death metal formada por mujeres en México, estaría por primera vez en Oaxaca.

El Día de la Tocada

El sábado de la tocada llegué minutos antes de la proyección de El Regreso de los muertos vivientes, función especial de aniversario programada para las 6 de la tarde. Ahí estaban las tres: María, Adriana, afinado la voz y el bajo; y Alejandra, apresurada en armar la batería que más tarde haría retumbar el Garibaldi. Ahí también andaba Luis Castillo, vocalista de Pactum, quien nos contó que las Gilgamesh empezaron su carrera musical ahí por los 90, al lado de agrupaciones también nacientes como Anarchus, Cenotaph, Attoxxico, los mismos de Pactum, en el ámbito nacional, y Sodom, Death, Bathory, Derketa, en el internacional.

Pero fueron ellas, antes de entrar en acción, las que me dijeron que en efecto eran las primeras morras que formaban una banda de metal en esos años, no muy distintos a los actuales, en donde los hombres llevaban la delantera.

Gilgamesh nació en 1992, cuando las hermanas Mavir, de Tlalpan, y María, de la Villa, se juntaron para hacer algo parecido a la música que escuchaban en las tocadas que se daban en la ya mítica Arena López Mateos de Tlanepantla, Estado de México, donde el metal que ahí sonaba era extremo, crudo, pesado y en voces de hombres. A ellas las presentó un amigo unos años antes, durante el primer concierto que Sepultura ofreció en el país, desde entonces la música las ha unido a pesar de vivir en tres ciudades distintas del país.

Las Gilgamesh escuchaban punk, heavy y otros géneros, pero encontraron en el death una especie de libertad rebelde y creativa. Aunque para muchos el sonido puede ser estrepitoso, para ellas se trata de un género musical con letras con las cuales se identificaron, tanto que en el 92 lanzaron un demo con rolas propias que hoy es difícil de conseguir y el cual distribuían en las tocadas a las que eran invitadas. Hicieron tantas copias que al final el máster se averió, sin embargo la satisfacción valió la pena, porque recorrieron los escenarios más underground de la hoy CDMX y sus alrededores, desde foros clandestinos, hasta escuelas y teatros que cada fin de semana programaban a las bandas que la banda quería ver y escuchar.

Ellas decidieron hacer a un lado la parafernalia y el tecnicismo melódico y suave del heavy, lo clásico que sonaba en ese entonces, prefirieron aventurarse en una propuesta musical ruidosa y agresiva, más natural y acorde a su estilo de vida, que presentaron por primera vez en el 93, en el Ágora, un foro del sur de la CDMX, y que después replicaron foros como el Isabelino, escenario ícono del movimiento. Todo lo anterior desde la independencia y con con el “do it yourself” como firme ideología.

En esos años las tres eran estudiantes, eran jóvenes que encontraron en el death metal la respuesta a las dudas existenciales propias de la edad y de la sociedad. La música oscura hizo sus vidas livianas, y no por que estas fueran malas, pero ya saben, uno siempre busca los lugares que mejor nos hacen sentir, y Mari, Alejandra y Adriana lo encontraron en su banda a la que nombraron Gilgamesh, como ese ser mitológico que buscó la vida eterna. Aunque para ellas la eternidad es imposible, se han dedicado a vivir como mejor les ha parecido. “El tiempo que estamos aquí lo disfrutamos y nos atrevemos a hacer cosas”, dice María, quien escribe las letras de la banda.

Las Gilgamesh nunca han querido sonar como una banda formada por hombres, para ellas la música es eso, música. Son una banda  de mujeres tocando death metal por el simple gusto de hacerlo. Con sonidos crudos, letras bien pensadas y la voz de Adriana que ruge con fuerza, tanto que al escucharlas nunca te imaginas que son tres mujeres las que están reventando el escenario, confirmando así las palabras de Alejandra: la música no tiene género.

A Mari, Alejandra y Adriana la muerte les da vida, y durante la tocada del Garibaldi alcanzaron la inmortalidad en Oaxaca.

 

El Lado Salvaje