Los sonidos de la tierra al espacio

Es quizás el alunizaje del hombre, la mayor hazaña que la humanidad haya alcanzado en el último siglo, más allá de la energía atómica y del surgimiento de la red de redes como puerta a la aldea global.

Apollo 11

La luna, ese astro que motivó a civilizaciones antiguas a estudiar el espacio; ese planeta que ha despertado la inspiración de poetas y escritores; también es el origen de composiciones musicales, cuyos antecedentes casuísticos, fueron una premonición desde nuestro imaginario a la realidad más allá de la estratosfera; enriqueciendo ese mundo sonoro que en nuestra mente se crea, se reproduce y queda.

De las visiones astrales a los viajes por el sistema solar -que realizan sondas enviadas de la tierra-, desde que aparecimos en este planeta nuestros ojos han estado puestos en el cielo, al que hemos dado cuantos significados se nos ocurran, hasta llegar al mismo dogmatismo; pero el hecho de que el hombre haya pisado la luna, debemos recordar que es un logro científico impulsado por la desbordante imaginación, creatividad y conocimiento del escritor francés, Julio Verne (Nantes, 1828–Amiens, 1905).

Sin el rigor de la refinada crítica literaria, su obra que podría considerar maestra, pues hasta la fecha, son de los libros más leídos en el mundo y han dejado una impronta en los lectores de literatura y ficción, siendo por ello que estos últimos quienes consideran a Verne como “El padre de la ciencia ficción”.

Entre ellas, una que abriría el imaginario colectivo de su época, para dar una idea casi dictada del viaje que el hombre haría exactamente 104 años después, se trata de la novela “De la tierra a la luna”(1865), la cual es un hermoso cuento que nos despierta cierta curiosidad por la ciencia.

En esta novela ubicada tras la Guerra de Secesión, resultaron desempleados miembros del Gun-Club, que diseñaban armas de guerra y a quienes se les ocurrió la “brillantísima idea” de construir el cañón más grande del mundo, entre otras cosas, para apuntar a la luna, pero  un aventurero los reconviene a lanzar un proyectil cilíndrico donde vayan personas y se prepara el viaje.

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28 años después de ser publicada esta novela, aparece una obra que aunque muy tocada, no está considerada como poema sinfónico; hablo de la Sinfonía nº 9 en Mi menor Op. 95 “Del Nuevo Mundo” de Antonin Dvořák (Nelahozeves, 1841-Praga, 1904), posromántico y principal representante musical del nacionalismo checo, no obstante que esta sinfonía es una revelación, especialmente el cuarto movimiento Allegro con fuoco en mi menor, aunque termina en mayor.

Se describe este movimiento: “en forma sonata y el más conocido de la sinfonía, junto con el segundo. Consumándose como la forma cíclica más grandiosa jamás compuesta, el último movimiento es una recopilación de todos los movimientos anteriores al que se añade un nuevo protagonista, un nuevo tema colosal equiparable al del primer movimiento, constituye el tema A, dicho tema deberá aprender a combatir los temas anteriores, y en especial al tema épico del primer movimiento; verdadero rival en fuerza; o intentar sobrevivir a la propia guerra que estallará entre ellos”.

Además de esa forma cíclica en la estructura de la sinfonía en su conjunto, el cuarto movimiento parece ser el antecedente más lejano a la lograda integración de estilos que XX años después hiciera John Williams (Floral Park, Nueva York, 1932) con el tema de la saga de Star Wars, la “Guerra de las Galaxias”.

Este último movimiento hace alarde de contrapunto en las cuerdas, no obstante, la Sinfonía fue escrita por Dvořák durante su estancia en Estados Unidos al frente del Conservatorio Nacional de Música y estrenada el 15 de diciembre de 1893, con motivos de inspiración muy distintos a la idea de la “Guerra de las galaxias” de John Williams.

No solo fue pionero en el uso del leitmotiv que le denominaron reexposición, Dvořák, hizo nacer el nuevo estilo norteamericano de composición que se coronó con su novena sinfonía que dedicó a las culturas originarias y en especial a la raza negra de Estados Unidos, como se confirma en una carta enviada a Praga para Joseph Bartos, crítico que le reprochaba no preservar el estilo nacional checo, a lo que el compositor respondió con inteligente humildad: “le ruego omitir las tonterías de que yo haya escrito empleando motivos americanos e indígenas porque no es verdad. Sólo intenté componer dentro del espíritu de las melodías folklóricas americanas”.

Al escuchar con detenimiento el cuarto movimiento, se notan las secuencias sinfónicas que bien podrían ser el tema de una película de ciencia ficción –género que casualmente en esa época inauguró Julio Verne- y aunque Dvořák en esta obra rindió un tributo a la melodía folklórica norteamericana, sin proponérselo fue el cimiento de una generación de compositores hoy ubicados como futuristas, visionarios sonoros como la imaginación de Verne.

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En 1896, sólo tres años después de la novena de Dvořák, Richard Strauss (Munich, 1864- Garmisch-Partenkirchen, 1949) compone un poema sinfónico que ha sido emblemático: “Así habló Zaratustra”, op. 30, inspirado en la obra del mismo nombre y escrito por el filósofo Friedrich Nietzsche.

La fanfarria inicial de “Así habló Zaratustra”, fue el soundtrack de la película “2001: Una odisea del espacio” de Stanley Kubrick estrenada en 1968, la cual abre un nuevo lenguaje entre el cine y la majestuosidad del sonido sinfónico de la orquesta.

De igual forma que la intensión de Dvořák fue resaltar a las culturas originales del territorio norteamericano, Richard Strauss ya había explorado la obra de Nietzsche durante la composición de la ópera Guntram de 1894.5.

Despierta la curiosidad cuando en el inicio de “Así habló Zaratustra”, se escucha una especie de motores y al entrar las trompetas se recorre imaginariamente una gran nave que está presta a surcar el inmenso espacio, a conquistar un poquito –con el toque de los timbales- y enseñarnos más de lo poco que somos ante la grandeza del universo.

Sólo que “Así habló Zaratustra” apareció 72 años antes de que siquiera pudiéramos imaginarnos un viaje a la luna; aún la cinta de Kubrick, es una visión futurista al aparecer un año antes del alunizaje que haría realidad un sueño y desataría un género en el cine y en la música.

Una escuela en ese mundo sinfónico se había creado, hasta llegar a la suite “Los planetas”, Op. 32 de siete movimientos que da nombre a cada planeta en esta obra realizada entre 1914 y 1916 y presentada en 1918 por el compositor inglés, Gustav Holst (Cheltenham, 1874-Londres, 1934), la que está parcialmente inspirada por meditaciones en su propio horóscopo; trata sobre “las siete influencias del destino y componentes de nuestro espíritu” sin relación alguna con las deidades de la mitología clásica correspondientes a cada planeta.

Orquestalmente siete décadas después será la base de la composición de John Williams de “La guerra de las galaxias” como podemos comprobarlo en el primer movimiento “Marte, el portador de la guerra” que parece tomada tal cual para el soundtrack de la cinta de George Lucas.

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Esa ola sinfónica se refleja en las piezas compuestas luego por Erich Korngold (República Checa, 1897-Los Ángeles, EU, 1957) como la ópera en tres actos “La ciudad muerta” (Die tote Stadt, en alemán), pero especialmente la sinfonía en Mi mayor, Op.40 (1953), la cual ya plantea un discurso sinfónico sin perder la consistencia armónica y melódica y la composición elíptica de este estilo iniciado por los Vernes de la música, Dvořák y Strauss.

Max Steiner (Viena, 1888 – Viena, 1971) fue considerado uno de los padres del sinfonismo clásico estadounidense, quien experimenta con la música tema en el cine, no incidental y aunque exalta el nacionalismo norteamericano en muchas de sus piezas, es pilar en inclusión de la música sinfónica en el cine.

Un momento clase se vive con Igor Stravinski (Oranienbaum, 1882–Nueva York, 1971), trascendente músico del siglo XX, autor de obras consolidadas en el sinfonismo como “El pájaro de fuego” (1910), y “La consagración de la primavera” (1913), cuyo nombre tomó el escritor melómano Alejo Carpentier para su deliciosa novela.

También William Walton (Oldham, Lancashire, 1902-Ischia, 1983), da otro ejemplo con su sinfonía No. 1, quien influenciado por el jazz fue ubicado como un moderno vanguardista y estudioso de Stravinski, como lo reafirma en Belshazzar’s Feast donde desarrolla el recurso coral y el diálogo con los metales y la orquesta.

Edward Elgar (Broadheath, 1857-Worcester, 1934) fue otro compositor inglés, este autodidacta que empleó el gramófono en una serie de grabaciones e introdujo el micrófono, con lo que posibilitó una reproducción más fiel del sonido, reuniendo además de su composición el manejo de la electrónica de ese tiempo. El propio Elgar considera que fue la mejor experiencia como violinista tocar la sinfonía No. 6 de Dvořák.

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No sólo la mía, sino hasta las generaciones actuales seguimos admirando la materialización de una ficción que se logró en la película “Star Wars” (La guerra de las galaxias); esta visualización del futuro trajo consigo un acercamiento a la música sinfónica

Debemos reconocer que la banda sonora de “El Señor de los Anillos” de Howard Shore, supera las composiciones de Williams, pero no puede negarse la influencia de la “Guerra de las galaxias” como un compendio del legado de quienes han dado sonido al espacio, de la obra de todos estos compositores.

La música de Star Wars reinauguró en el cine las partituras ejecutadas por grandes orquestas sinfónicas, además de que reimpuso la utilización de la técnica operística del leitmotiv que consiste en una melodía única que distinguirá a cada personaje, escenario o situación específica.

La irrupción de esta cinta de ciencia ficción no pudo tener éxito sin la obra compuesta por Williams entre 1977 y 1983 para la trilogía original, y entre 1999 y 2005 para la trilogía de protosecuelas que hoy son piezas de culto por su variada y ecléctica mezcla de estilos, tomados todos de sus antecesores.

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Y aunque el cosmos dejó de ser atractivo para los compositores, algunos continúan esta tradición como el caso de Hans Zimmer (Frankfurt, Alemania, 1957), musicalizador de una infinidad de filmes que han triunfado en Hollywood, siendo multipremiado por el soundtrack de “El rey león” (1994), Gladiator (2000) o El caballero oscuro (2009), por mencionar a algunas cintas.

O la impresionante creatividad que muestra el compositor y saxofonista canadiense, Howard Shore (Toronto, 1946) quien además tiene la ópera “The Fly” y “Fanfare for the Wanamaker Organ”, escrita para la Orquesta de Filadelfia.

Antes, en 1942, se estrenó en homenaje a los combatientes aliados en la Segunda Guerra Mundial  la composición instrumental de Aaron Copland “Fanfarria para el hombre común”

Desde la desbordante creatividad por Julio Verne en “De la tierra a la luna” hasta “La guerra de las galaxias”, estas obras ha estado impregnadas de sonidos que dan impulso a las naves que llevan nuestra imaginería a surcar el enigmático espacio que poco a poco exploramos, a flotar en la gravedad 0 que da el talento de quienes sentaron las bases para esta corriente musical.

Fortino Torrentera